Oportunidad a Través de la Obsolescencia: Estrategias para Reposicionar Activos y Crear Valor de Largo Plazo
- Carlos E. Gimenez

- hace 1 día
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En un mercado en proceso de sofisticación, el envejecimiento del stock construido deja de ser un riesgo pasivo y se convierte en una variable estratégica de inversión.

En el mercado inmobiliario paraguayo, particularmente en Asunción y el eje metropolitano, comienza a evidenciarse un fenómeno que acompaña naturalmente a toda etapa de expansión acelerada: una parte del stock construido en ciclos anteriores empieza a perder competitividad frente a una oferta más reciente, técnicamente superior y mejor adaptada a las nuevas exigencias del mercado. Esta obsolescencia no necesariamente implica deterioro físico ni inviabilidad operativa. Se trata, más bien, de una brecha creciente entre lo que el activo fue diseñado para ofrecer y lo que hoy demandan usuarios, inversores y estándares regulatorios.
La combinación de mayores estándares técnicos, cambios regulatorios, exigencias ambientales, evolución demográfica y nuevas preferencias de los usuarios está redefiniendo lo que se considera “activo competitivo”. En ese contexto, la obsolescencia deja de ser un fenómeno lejano y se convierte en un riesgo tangible para propietarios, desarrolladores e inversores institucionales.
Sin embargo, el mismo proceso que erosiona valor también abre una ventana de oportunidad. El reposicionamiento, la reconversión o incluso la sustitución de activos pueden transformarse en mecanismos eficaces de generación de plusvalía y resiliencia, siempre que se aborden desde una lectura integral del ciclo inmobiliario.
Uno de los errores más frecuentes es analizar la obsolescencia únicamente desde una perspectiva física. En realidad, se trata de un fenómeno multidimensional que se manifiesta en al menos tres planos interrelacionados: funcional, regulatorio y locacional.
Desde el punto de vista funcional, el análisis se concentra en la capacidad técnica y estructural del inmueble para adaptarse a los requerimientos actuales del mercado. Los sistemas electromecánicos, la eficiencia energética, la calidad de las instalaciones sanitarias y eléctricas, la infraestructura de datos, los estándares de climatización y la calidad de los materiales suelen ser los primeros indicadores de envejecimiento competitivo. A ello se suman variables espaciales como altura libre, profundidad de planta, modulaciones estructurales y flexibilidad para redistribuir áreas internas.
En el segmento corporativo, por ejemplo, edificios con alturas libres de 2,40 o 2,60 metros compiten en clara desventaja frente a desarrollos que superan los tres metros y permiten mayor iluminación natural, mejor percepción espacial y adaptación a layouts contemporáneos. Sin embargo, no todos los activos requieren una reconstrucción total. Intervenciones inteligentes en sistemas HVAC, modernización de núcleos sanitarios, optimización de fachadas y mejoras en eficiencia energética pueden redefinir la competitividad de un inmueble sin necesidad de demolerlo.
El segundo plano no es estrictamente regulatorio, sino progresivamente estructural. En Paraguay, si bien la normativa aún no impone de manera generalizada estándares obligatorios de eficiencia energética, reducción de emisiones o certificaciones ambientales, la exigencia comienza a provenir del mercado. Empresas multinacionales, corporaciones regionales y compañías con lineamientos ESG definidos a nivel global están elevando el estándar mínimo de aceptación, privilegiando edificios con mejores prestaciones técnicas, menor consumo energético y condiciones que permitan eventualmente certificar bajo esquemas internacionales.
En este escenario, la presión no surge tanto de la regulación vigente como de la calidad del inquilino objetivo. Un activo que no puede adaptarse a estos requerimientos pierde acceso a segmentos corporativos de mayor solvencia y estabilidad contractual, aun cuando cumpla plenamente con la normativa local. Paralelamente, las disposiciones de uso de suelo, coeficientes de edificabilidad y lineamientos de planificación urbana continúan siendo determinantes al momento de evaluar reconversiones o ampliaciones. Cambios en parámetros urbanísticos o en criterios de densificación pueden alterar de forma significativa la viabilidad económica de un proyecto de reposicionamiento, incluso en ausencia de exigencias ambientales formales.
En este sentido, la regulación no debe entenderse exclusivamente como una restricción, sino también como un potencial catalizador de valor. La anticipación a cambios normativos, especialmente en ciudades como Asunción que constantemente están revisando sus planes urbanos, puede generar ventajas competitivas relevantes para quienes intervienen activos antes de que el mercado internalice plenamente esos cambios.
El tercer eje es la ubicación. La obsolescencia no depende únicamente del edificio en sí, sino de cómo ese edificio se inserta en una ciudad en transformación. Los ciclos urbanos, la aparición de nuevos polos de desarrollo, la revalorización de determinadas zonas y el desplazamiento intraurbano de la demanda pueden convertir activos secundarios en oportunidades estratégicas.
La experiencia del usuario adquiere aquí un peso creciente. Accesibilidad, transporte público, infraestructura vial, calidad del espacio público, proximidad a servicios, integración con equipamientos urbanos y percepción de seguridad influyen de manera decisiva en la competitividad de un inmueble. Un activo técnicamente correcto puede volverse menos atractivo si su entorno pierde dinamismo, mientras que un edificio antiguo en una zona en proceso de revitalización puede transformarse en un candidato natural para un reposicionamiento exitoso.
Los activos inmobiliarios suelen tener una vida útil estructural que oscila, en términos generales, entre 50 y 70 años. No obstante, su vida económica puede ser considerablemente más corta si no se adaptan a las exigencias cambiantes del mercado.
La interacción entre la antigüedad promedio del stock y la velocidad de nuevas entregas define la presión competitiva. En mercados con fuerte incorporación de nueva oferta, la brecha entre activos nuevos y antiguos tiende a ampliarse rápidamente. En escenarios donde las entregas se desaceleran, la obsolescencia avanza de forma más homogénea y las oportunidades de reposicionamiento pueden ser más graduales.
En el segmento de oficinas, por ejemplo, la sensibilidad locacional es particularmente alta y la actualización tecnológica es crítica. En el ámbito industrial y logístico, la adecuación a estándares de almacenamiento, altura de racks, eficiencia operativa y accesos viales puede marcar la diferencia. En residencial, la adaptación a nuevas tipologías de unidad, integración de amenities y eficiencia energética redefine la percepción de calidad.
El momento de intervención resulta determinante. Actuar demasiado tarde puede implicar competir en condiciones de fuerte deterioro de ingresos. Actuar en una fase temprana del ciclo puede permitir capturar una prima por calidad antes de que el mercado se sature de nuevas propuestas.
Las estrategias de intervención pueden clasificarse, desde una perspectiva de inversión, en distintas categorías de riesgo y retorno. La transformación de un activo obsoleto en uno competitivo puede ubicarse en un espectro que va desde intervenciones core-plus hasta estrategias value-add u oportunistas.
En esquemas value-add, el foco suele estar en activos con deficiencias operativas claras pero con potencial locacional sólido. El capital se orienta a modernización profunda, mejora de eficiencia y reposicionamiento comercial. Si la ejecución es adecuada y el timing acompaña, la captura de valor puede ser significativa.
En estrategias oportunistas, el riesgo es mayor. Puede implicar cambios de uso, reconversión integral o incluso demolición y reemplazo total. Antiguos formatos comerciales, por ejemplo, pueden reconvertirse en desarrollos residenciales integrados, centros de salud o plataformas logísticas de última milla, alineándose con transformaciones estructurales como el crecimiento del comercio electrónico o la demanda de vivienda urbana.
En contextos más estables, intervenciones de intensidad media en activos relativamente recientes pueden mejorar rentas y extender la vida económica sin asumir riesgos excesivos. La clave es la coherencia entre escala de intervención, capital invertido y horizonte de retorno esperado.
Existen casos en los que el análisis técnico y financiero demuestra que el retrofit no resulta económicamente viable. Costos estructurales elevados, limitaciones normativas o imposibilidad de alcanzar estándares mínimos pueden justificar la sustitución total del activo.
La demolición y reconstrucción no debe entenderse como un fracaso, sino como una decisión racional dentro del ciclo inmobiliario. En determinadas localizaciones estratégicas, la maximización del potencial edificable o el cambio de uso puede generar retornos superiores a cualquier intervención parcial.
La decisión entre conservar, reconvertir o reemplazar requiere un análisis integral que contemple no solo el costo inmediato, sino el posicionamiento competitivo a largo plazo.
En un entorno marcado por mayor sofisticación de la demanda, avances tecnológicos y crecientes exigencias regulatorias, la obsolescencia es un fenómeno inevitable. La diferencia radica en la capacidad de anticipación.
El reposicionamiento exitoso no consiste únicamente en modernizar un edificio. Implica redefinir su rol dentro del tejido urbano, alinearlo con las tendencias estructurales del mercado y dotarlo de resiliencia frente a ciclos económicos cambiantes.
En definitiva, la obsolescencia, cuando se gestiona con visión estratégica y disciplina financiera, puede convertirse en una de las principales fuentes de creación de valor en el sector inmobiliario. No se trata solo de evitar la pérdida, sino de identificar en el deterioro relativo una oportunidad para reposicionar activos y fortalecer portafolios en un mercado cada vez más selectivo y exigente.


