Tipos De Financiamiento Para Obras: Una Mirada Técnica A La Estructura Financiera De Proyectos Inmobiliarios En Paraguay
- Carlos E. Gimenez

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Del capital propio a la deuda senior: cómo se estructuran la tierra, el equity, las preventas y el financiamiento bancario en el desarrollo inmobiliario moderno.
En el desarrollo inmobiliario, la arquitectura y la ubicación suelen ser los elementos más visibles. Sin embargo, detrás de cada proyecto existe una estructura financiera que determina su viabilidad, su ritmo de ejecución y su perfil de riesgo. En Paraguay, el financiamiento de obras ha evolucionado de esquemas simples basados en capital propio hacia estructuras más combinadas y sofisticadas, especialmente en proyectos de mediana y gran escala.
Para entender el financiamiento de obras con precisión, conviene ordenar el problema en tres capas que se superponen: el tiempo (en qué etapa del proyecto se usa cada fuente), la jerarquía (qué capital asume primero el riesgo y cuál cobra primero) y la estructura legal-operativa (cómo se canalizan fondos, garantías y derechos sobre el activo). Un proyecto puede tener preventas, un banco, un inversor privado y aportación de tierra; lo relevante es cómo se coordinan esas piezas para que no compitan entre sí, sino que se apalanquen.
La forma más clara de describirlo es con el concepto de “capital stack” o pila de capital. En la base se ubica el capital que absorbe primero las pérdidas, y en la parte alta se ubica la deuda que se protege con garantías y cobra con prioridad. Entre medio aparecen instrumentos híbridos, como el mezzanine, que existe precisamente para cerrar brechas de caja o de requisitos de crédito sin diluir en exceso al desarrollador. En términos técnicos, una estructura frecuente combina aportación de tierra y/o equity (del desarrollador e inversionistas), eventualmente una capa mezzanine, y una deuda senior de construcción; el orden exacto depende del proyecto y del financiador. Las preventas funcionan como financiamiento proveniente de compradores y, a la vez, crean obligaciones de entrega; por eso impactan tanto en la caja como en el riesgo operativo.
En el contexto paraguayo, el financiamiento de obras debe entenderse como un proceso dinámico, cuya composición y fuentes de capital tienden a modificarse desde la fase de pre-desarrollo hasta la entrega final. La estructura suele cambiar de etapa en etapa. Antes de la obra, el desafío es financiar el “pre-desarrollo”: tierra, estudios, anteproyecto, permisos, ingeniería, estructura contractual y arranque comercial. Durante la construcción, el desafío es sostener un calendario de desembolsos que no se detenga y administrar el riesgo de ejecución. Al final, el desafío es estabilizar y “salir”: cancelar deuda, entregar unidades, liberar garantías y, en ciertos casos, refinanciar o transformar el proyecto en un activo de renta.
En la etapa previa a la construcción aparecen tres herramientas que son decisivas y, a la vez, subestimadas. La primera es la aportación de tierra. Técnicamente, no es “gratis”: es una contribución de capital valuada, y su tratamiento correcto define casi todo el resto. Si el dueño del lote entra a cambio de unidades, lo que está haciendo es convertir un activo ilíquido en un pago en especie diferido y atado al riesgo de ejecución. Si entra por participación en utilidades, se transforma en un socio económico, con todo lo que eso implica en gobernanza, distribución de resultados y tolerancia al riesgo. La aportación de tierra baja el requerimiento de caja inicial, mejora la viabilidad y puede habilitar un proyecto que de otra manera no cerraría, pero aumenta la complejidad: hay que definir valuación, condiciones de salida, qué pasa si el proyecto se demora, qué ocurre si el financiamiento externo exige garantías sobre el inmueble y cómo se preserva el derecho del aportante sin bloquear la capacidad de endeudamiento.
La segunda herramienta es el crédito mezzanine en fase temprana, que muchas veces se confunde con un “préstamo caro” sin entender su rol estructural. El mezzanine aparece cuando el proyecto aún no califica para deuda senior (porque falta preventa, permisos o historial), pero necesita capital para llegar a ese punto. Puede financiar compra de tierra (o parte), gastos de estructuración, marketing, capital de trabajo o incluso el “equity gap” que el banco exige como aporte mínimo. Su característica técnica es que asume mayor riesgo que la deuda senior y, por eso, exige mayor retorno. En mercados más institucionales, el mezzanine se estructura con mecanismos de protección adicionales: tasas más altas, comisiones, garantías subordinadas, cesión de ciertos flujos, o incluso participación en utilidades (“equity kicker”). En un esquema bien armado, el mezzanine no reemplaza al banco; prepara al proyecto para el banco.
La tercera herramienta, ya desde el pre-desarrollo, son las preventas. En el plano financiero, las preventas son un mecanismo de financiación “no bancaria” que convierte demanda futura en caja presente. Pero el punto técnico no es solo vender; es diseñar un plan comercial que calce con el cronograma de obra. Un error clásico es estructurar cuotas que son “amigables” para el comprEn el desarrollo inmobiliario, la arquitectura y la ubicación suelen ser los elementos más visibles. Sin embargo, detrás de cada proyecto existe una estructura financiera que determina su viabilidad, su ritmo de ejecución y su perfil de riesgo. En Paraguay, el financiamiento de obras ha evolucionado de esquemas simples basados en capital propio hacia estructuras más combinadas y sofisticadas, especialmente en proyectos de mediana y gran escala.
Para entender el financiamiento de obras con precisión, conviene ordenar el problema en tres capas que se superponen: el tiempo (en qué etapa del proyecto se usa cada fuente), la jerarquía (qué capital asume primero el riesgo y cuál cobra primero) y la estructura legal-operativa (cómo se canalizan fondos, garantías y derechos sobre el activo). Un proyecto puede tener preventas, un banco, un inversor privado y aportación de tierra; lo relevante es cómo se coordinan esas piezas para que no compitan entre sí, sino que se apalanquen.
La forma más clara de describirlo es con el concepto de “capital stack” o pila de capital. En la base se ubica el capital que absorbe primero las pérdidas, y en la parte alta se ubica la deuda que se protege con garantías y cobra con prioridad. Entre medio aparecen instrumentos híbridos, como el mezzanine, que existe precisamente para cerrar brechas de caja o de requisitos de crédito sin diluir en exceso al desarrollador. En términos técnicos, una estructura frecuente combina aportación de tierra y/o equity (del desarrollador e inversionistas), eventualmente una capa mezzanine, y una deuda senior de construcción; el orden exacto depende del proyecto y del financiador. Las preventas funcionan como financiamiento proveniente de compradores y, a la vez, crean obligaciones de entrega; por eso impactan tanto en la caja como en el riesgo operativo.
En el contexto paraguayo, el financiamiento de obras debe entenderse como un proceso dinámico, cuya composición y fuentes de capital tienden a modificarse desde la fase de pre-desarrollo hasta la entrega final. La estructura suele cambiar de etapa en etapa. Antes de la obra, el desafío es financiar el “pre-desarrollo”: tierra, estudios, anteproyecto, permisos, ingeniería, estructura contractual y arranque comercial. Durante la construcción, el desafío es sostener un calendario de desembolsos que no se detenga y administrar el riesgo de ejecución. Al final, el desafío es estabilizar y “salir”: cancelar deuda, entregar unidades, liberar garantías y, en ciertos casos, refinanciar o transformar el proyecto en un activo de renta.
En la etapa previa a la construcción aparecen tres herramientas que son decisivas y, a la vez, subestimadas. La primera es la aportación de tierra. Técnicamente, no es “gratis”: es una contribución de capital valuada, y su tratamiento correcto define casi todo el resto. Si el dueño del lote entra a cambio de unidades, lo que está haciendo es convertir un activo ilíquido en un pago en especie diferido y atado al riesgo de ejecución. Si entra por participación en utilidades, se transforma en un socio económico, con todo lo que eso implica en gobernanza, distribución de resultados y tolerancia al riesgo. La aportación de tierra baja el requerimiento de caja inicial, mejora la viabilidad y puede habilitar un proyecto que de otra manera no cerraría, pero aumenta la complejidad: hay que definir valuación, condiciones de salida, qué pasa si el proyecto se demora, qué ocurre si el financiamiento externo exige garantías sobre el inmueble y cómo se preserva el derecho del aportante sin bloquear la capacidad de endeudamiento.
La segunda herramienta es el crédito mezzanine en fase temprana, que muchas veces se confunde con un “préstamo caro” sin entender su rol estructural. El mezzanine aparece cuando el proyecto aún no califica para deuda senior (porque falta preventa, permisos o historial), pero necesita capital para llegar a ese punto. Puede financiar compra de tierra (o parte), gastos de estructuración, marketing, capital de trabajo o incluso el “equity gap” que el banco exige como aporte mínimo. Su característica técnica es que asume mayor riesgo que la deuda senior y, por eso, exige mayor retorno. En mercados más institucionales, el mezzanine se estructura con mecanismos de protección adicionales: tasas más altas, comisiones, garantías subordinadas, cesión de ciertos flujos, o incluso participación en utilidades (“equity kicker”). En un esquema bien armado, el mezzanine no reemplaza al banco; prepara al proyecto para el banco.
La tercera herramienta, ya desde el pre-desarrollo, son las preventas. En el plano financiero, las preventas son un mecanismo de financiación “no bancaria” que convierte demanda futura en caja presente. Pero el punto técnico no es solo vender; es diseñar un plan comercial que calce con el cronograma de obra. Un error clásico es estructurar cuotas que son “amigables” para el compraador pero no para la caja del proyecto, dejando un hueco de capital en los meses de mayor gasto de obra. En un proyecto profesional, la preventa se modela con curvas de cobro esperadas, tasas de mora razonables, supuestos de cancelación, descuentos por pronto pago y, sobre todo, políticas claras sobre cómo se utiliza ese dinero: si entra a una cuenta administrada, si se mezcla con caja general del desarrollador, si se aplica con prioridad a costos de obra o a adquisición de tierra, y qué nivel de trazabilidad se ofrece para sostener confianza del mercado.
En construcción, el instrumento central suele ser la deuda senior de construcción, con desembolsos por avance. En algunos casos se complementa con un crédito puente para cubrir etapas previas o transitorias. Desde el punto de vista técnico, este crédito se caracteriza por tres cosas: desembolsos contra avance, garantías sobre el activo y covenants que condicionan el comportamiento del proyecto. No se trata simplemente de “un préstamo para construir”; es un contrato de control de riesgo. El banco no entrega toda la plata al inicio. Establece un monto máximo, pero desembolsa en tramos conforme se certifican hitos: excavación, estructura, instalaciones, terminaciones, etc. Ese mecanismo se llama cronograma de desembolsos, y es el corazón del financiamiento de construcción.
Para que ese sistema funcione, el proyecto debe cumplir métricas típicas que suelen aparecer en cualquier modelación técnica. Una es el LTC (loan-to-cost), relación entre deuda y costo total del proyecto. Otra es el LTV (loan-to-value), relación entre deuda y valor del activo. Otra, crucial, es el nivel de preventa mínima (pre-sale requirement): el banco quiere ver que el proyecto ya “compró demanda” antes de financiar el riesgo de ejecución. En contextos de volatilidad, los bancos también miran DSCR o ratios de cobertura, aunque en proyectos para venta el enfoque suele ser el control de caja y la suficiencia de equity más que el flujo recurrente.
En términos de garantías, la deuda senior suele tomar prioridad. Esto se traduce en garantías reales (por ejemplo, hipoteca sobre el inmueble) y garantías sobre flujos (cesión de derechos de cobro de preventas, cesión de pólizas, cuentas controladas). En estructuras más sofisticadas, se implementa un esquema de cash waterfall: el dinero entra a cuentas administradas y se distribuye en un orden predefinido. Primero se paga obra y gastos indispensables, luego servicio de deuda, luego reposición de reservas, y finalmente queda el remanente para el desarrollador. Este orden es un mecanismo de disciplina para asegurar que el activo termine y que el riesgo no se desborde por retiros prematuros de caja.
Ahí es donde el mezzanine vuelve a aparecer, ahora como capa intermedia entre equity y deuda senior. En una construcción, el mezzanine puede servir para completar el equity requerido, acelerar frentes de obra o absorber contingencias. Pero, técnicamente, su coexistencia con deuda senior exige un acuerdo de intercreditor o reglas claras de subordinación. Si no existe una jerarquía de cobro explícita, los conflictos aparecen justo en el peor momento: cuando hay estrés de caja. Un proyecto bien estructurado define desde el inicio qué pasa si la obra se atrasa, si las preventas no cobran, si sube el costo de materiales, o si la tasa cambia. Define quién tiene derecho a qué flujos y en qué orden, y qué gatillos activan medidas correctivas.
El capital privado de inversionistas entra como equity o como híbrido. Si entra como equity puro, participa en utilidades y asume el riesgo de que el proyecto gane menos o se demore. Si entra como híbrido, puede tener retornos preferentes, prioridad sobre utilidades, o mecanismos de salida definidos por hitos. Técnicamente, la diferencia no es solo financiera; es de gobernanza. Un inversor privado con participación relevante suele exigir reportes, auditoría de costos, control de decisiones críticas (cambios de presupuesto, contratación principal, cambios de producto, reestructuración de deuda) y, en algunos casos, derechos de step-in, es decir, la posibilidad de asumir control si el proyecto entra en incumplimiento o se desvía materialmente del plan.
Dado que la administración de fondos y el gobierno del proyecto son determinantes para el riesgo, es común que financiadores e inversionistas requieran estructuras dedicadas, reglas de administración y mecanismos de reporte. No es raro que un inversor serio exija que el proyecto funcione a través de una estructura dedicada, con separación patrimonial y reglas de administración. Ahí entra el rol de vehículos y estructuras como los fideicomisos de administración y garantía. La lógica técnica es simple: separar el riesgo del proyecto del riesgo general del desarrollador y ordenar la administración de fondos con reglas verificables. Esto no solo mejora el acceso a financiamiento; también aumenta la confianza comercial, reduce fricción con compradores y facilita la convivencia de múltiples fuentes de capital.
La obra paga costos en un ritmo. Las preventas cobran en otro. El banco desembolsa en otro. El inversor espera retornos en otro. El arte del financiamiento es sincronizar esos relojes. Por eso, los proyectos profesionales construyen un modelo financiero mensual, no anual, que proyecta ingresos y egresos en detalle. Ahí se ve si el proyecto tiene huecos de caja, en qué mes, por cuánto, y qué instrumento lo cubre. El modelo también permite stress testing: qué pasa si la ocupación comercial se retrasa, si la mora aumenta, si la obra se atrasa 90 días, si el costo sube 10% o si el tipo de cambio se mueve. Esa disciplina es la diferencia entre un proyecto “financiado” y un proyecto “financiable”.
Otra variable decisiva es el costo del capital. No todo financiamiento es equivalente. El equity es más caro porque asume más riesgo, pero no exige pagos mensuales fijos. La deuda es más barata, pero exige servicio, covenants y garantías. El mezzanine es más caro que la deuda senior, pero puede ser más barato que diluir equity en un mal momento. El objetivo técnico no es “conseguir plata”, sino conseguir la combinación óptima de capital para maximizar retorno ajustado por riesgo, sin quebrar la caja ni comprometer la entregabilidad del proyecto.
Hacia el final del ciclo aparece la etapa de salida, que en proyectos de venta es la entrega y escrituración, y en proyectos de renta es la estabilización y refinanciación. Técnicamente, es el momento donde se “desarma” la pila de capital en orden inverso. Se cancelan obligaciones, se liberan garantías, se distribuyen utilidades y se cierra el vehículo. En proyectos con deuda, el repago puede estar atado a hitos de ventas o a cobranzas finales. En proyectos con capital privado, la salida puede ser una distribución escalonada conforme se liquida inventario. En proyectos con aportación de tierra a cambio de unidades, la entrega al aportante puede tener prioridad o condiciones especiales. Cada una de estas reglas debe estar definida desde el inicio; si no, la salida se convierte en disputa.
Cuando un sector se profesionaliza, la conversación pasa de “cuánto cuesta el metro cuadrado” a “cuánto cuesta el capital”. En mercados en expansión, el financiamiento deja de ser un componente accesorio y se convierte en un factor central de competitividad. La calidad de la estructura financiera, jerarquías claras, controles adecuados, sincronización de caja y una combinación equilibrada de tierra, equity, preventas, mezzanine y deuda de construcción, es, en definitiva, lo que determina la solidez del proyecto.


